Dos semanas después, mi brazo había sanado lo suficiente para quitarme el cabestrillo, aunque todavía me dolía si hacía movimientos bruscos, y estaba sentada en la oficina del abogado Rodrigo Sánchez rodeada de papeles que establecerían formalmente la Fundación Jorge Villalba como entidad legal.
—Esto es más papeleo del que imaginé —comenté mirando la pila de documentos.
—Es una fundación que va a manejar millones de dólares y cambiar vidas, requiere estructura sólida desde el inicio —explicó R