Viernes por la tarde, salí del hospital con brazo en cabestrillo y órdenes estrictas de reposo durante una semana, León había traído el auto personalmente y se negó a dejar que Carlos manejara, insistiendo en que quería llevarme a casa él mismo.
El camino fue silencioso pero cómodo, su mano libre descansando sobre mi pierna mientras conducía, como si necesitara el contacto constante para recordar que estaba ahí, que estaba bien, que habíamos sobrevivido.
Cuando llegamos a la casa encontramos el