Jueves por la mañana. Un día después de las cuarenta y ocho horas.
Desperté desorientada. Había dormido tres horas tal vez. Pesadillas con Ricardo. Con amenazas materializándose.
Bajé encontrando la casa más llena que ayer. León. Marcela. Inés. Carlos. Y ahora también Bruno y Sara.
—¿Qué hacen aquí? —pregunté.
—Bruno decidió que era más seguro estar todos juntos —dijo Sara desde el sofá rodeada de almohadas—. Y honestamente prefiero estar aquí que sola en casa con policía afuera.
—¿Cómo estás?