El agua de la bañera no estaba tibia, estaba lo suficientemente caliente como para escaldar a un cerdo y curiosamente, esa era la temperatura exacta a la que el Don disfrutaba los baños.
Sentado en ella, con las piernas encogidas de lo excesivamente alto que era y con cara de pocos amigos, Alexis ponderada los acontecimientos de los últimos días.
Pensar tanto le estaba causando jaquecas.
Bufó exasperado, y lanzándole una mirada cargada de lujuria a su nuevo juguete, ordenó.
—Ven, esclava. En