El sueño se negaba a llegar.
Amanda permanecía despierta en la enorme habitación principal, mirando el techo mientras las sombras danzaban tenuemente sobre las paredes. El ático estaba en silencio—demasiado silencio. Ese tipo de quietud que hacía que cada respiración sonara demasiado fuerte, que cada pensamiento resonara con una claridad dolorosa en su mente.
Se giró de lado, aferrando las sábanas de seda entre los dedos.
Muelle 9.
10 p. m.
Ven sola.
El mensaje se repetía en su cabeza como un c