El sueño se negaba a llegar.
Amanda permanecía despierta en la enorme habitación principal, mirando el techo mientras las sombras danzaban tenuemente sobre las paredes. El ático estaba en silencio—demasiado silencio. Ese tipo de quietud que hacía que cada respiración sonara demasiado fuerte, que cada pensamiento resonara con una claridad dolorosa en su mente.
Se giró de lado, aferrando las sábanas de seda entre los dedos.
Muelle 9.
10 p. m.
Ven sola.
El mensaje se repetía en su cabeza como un cántico imposible de silenciar.
Le había prometido a Luca que no iría. Había asentido, e incluso lo había creído en ese momento. Pero querer algo y creerlo eran dos cosas muy distintas. La verdad la carcomía sin descanso: Jason nunca se detendría. No mientras ella siguiera siendo visible. No mientras existiera como prueba de que él no era dueño de todo lo que tocaba.
Amanda dejó caer las piernas fuera de la cama y se puso de pie. Su reflejo le devolvió la mirada desde el espejo—pálida, cansada, p