El corazón de Amanda latía con fuerza en su pecho cuando entró al ático, las luces de la ciudad derramándose a través de los ventanales de piso a techo, dispersándose como diamantes sobre el mármol pulido. Cada paso hacia el gran sofá se sentía más pesado que el anterior, su mente repitiendo los mensajes que había ignorado antes: Ven a verme. Ven sola. El mensaje anónimo había prometido una forma de destruir a Jason Kane, pero su instinto gritaba peligro. Sabía que no debía salir del apartamento. Sabía que Luca desaprobaría su decisión. Sin embargo, la curiosidad, la ira y una terquedad extraña la empujaban hacia adelante, arrastrándola por un camino para el que no estaba preparada.
El ático estaba en silencio, salvo por el suave zumbido del refrigerador y el ocasional lamento distante de una sirena en la calle. Amanda se detuvo cerca de la barandilla, rozando el metal frío con los dedos, intentando calmarse. Tenía las palmas húmedas de sudor y cada nervio de su cuerpo estaba en alert