Desperté y sentí que la cabeza me estaba a punto de estallar. La luz de la habitación me resultaba demasiado brillante, y cada sonido parecía amplificado. Intenté enfocar mi vista y, a través de la neblina que envolvía mis pensamientos, vi los ojos tranquilos de Álvaro. Él se acercó lentamente, tomando mi mano con cuidado, como si temiera romperme.
—Nat, tranquila, mi amor —dijo Álvaro suavemente, su voz era un bálsamo para mi confusión—. Estás en el hospital. Estuviste en coma, pero estás aq