Adrián Fontana
Me siento completamente enfadado. No puedo creer que ella me haya olvidado; me parece imposible. Deseo verla, pero en este momento me encuentro con Emir, quien me detiene.
—Quiero ver a mi esposa y tú no me lo impedirás, Emir —digo, mi voz temblando de rabia.
Emir me mira con una frialdad que me hiela la sangre. Se cruza de brazos y se planta firmemente entre la puerta y yo.
—Ella no es tu esposa —dice con una calma aterradora—. Lo es mi hija, Clara.
Las palabras de Em