La sala de disparos del clan Chen no se parecía a ningún otro lugar que Sofía hubiera visto antes. No era solo un espacio para entrenar; era un santuario construido para moldear asesinos. Las paredes de concreto reforzado estaban cubiertas por placas metálicas que absorbían el sonido, y una línea de blancos móviles se extendía al fondo, avanzando y retrocediendo de forma impredecible.
El olor a pólvora se mezclaba con el aceite de las armas y el frío permanente del subsuelo. Chen caminaba a su