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La jaula dorada

El poder tiene un olor particular, no era aroma a sangre ni a pólvora, más bien era el silencio.

Ese silencio pesado que cae cuando todos saben que ahora perteneces a algo… o que algo te posee a ti.

Caminé por el pasillo principal del cuartel Chen con la cabeza en alto y la espalda recta, como me habían enseñado esa misma mañana. Los hombres se abrían a mi paso. Algunos me miraban con curiosidad, otros con deseo mal disimulado, y unos pocos —los más peligrosos— con desconfianza
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