Lucía movió los hombros y el cuello, Santiago engordó mucho, como una albóndiga blanca y gorda, y el bebé pequeño, que acababa de aprender a andar, parecía que no quería caminar mucho, y pedía a mamá para que le diera mimos todos los días.
Lucía cargaba en las manos Santigo, que medía como dos sacos de harina, lo que empeoró su hombros congelados.
Polo se apresuró a arrastrarla hasta el sofá y la sentó cómodamente, frotándole los hombros y el cuello.
Sin embargo, Lucía no trminó de hablar, sino