Soledad se quedó atónita, la mano que tenía delante era suave y blanca, nada que ver con los manos ásperas que había visto en el sótano.
La dueña de la mano también parecía tener un halo, hermosa y gentil, pero con una determinación en la mirada que hacía que la gente deseara mucho estar cerca de ella.
Pero Soledad sabía que alguien como ella nunca podría ensuciar una mano tan limpia.
Bajó los párpados, respiró hondo y se levantó sin ayuda.
Lucía se ofreció a cogerle la mano.
Soledad sintió que