—Señor—A Soledad le tembló la voz—. Qué le parecerá a usted, señor, gente como nosotros.
Su actitud despectiva, su mirada desdeñosa, muy distinta de la del hombre que la ayudó frente a la policía, la burbuja rosa de su corazón pareció pinchada por algo afilado en un instante y convertida en nada.
Sí, la gente como ella no merecía su respeto en absoluto, ¿verdad?
—Señorita Jiménez , no te enfades—Lucía dijo suavemente—. Juan es nuestro amigo, y ahora que está en peligro, todos estamos ansiosos po