Lucía abrió duramente sus párpados pesados y sentía un dolor tan insufrible como si todos sus huesos se hubieran quebrantado.
Vio las paredes blancas alrededor, olió el desinfectante y tenía el cuerpo y la cara envueltos en gasa.
Lo más extraño fue que tuviera una pierna colgada en alto.
Cuando estaba confundida, una mano grande y firme le tomó la suya y la calidez le rezumó al corazón.
Volvió la cabeza y se topó con los ojos profundos del hombre.
Él la miraba en silencio, pero en el fondo de su