El campus respiraba con un ritmo más intenso que nunca, como si cada paso que dábamos estuviera sincronizado con un pulso invisible que regulaba la interacción entre los grupos. No había caos, pero sí una tensión que se sentía en el aire, sutil, casi eléctrica, como si las conversaciones y los silencios comenzaran a superponerse y a resonar entre sí. Caminábamos por los senderos, y cada vez que nuestros ojos se posaban sobre un grupo, se notaba un ajuste inmediato en la postura de los participa