La seducción no se anuncia como amenaza. Se presenta como reconocimiento.
Lo entendí tarde, o tal vez lo entendí justo a tiempo, cuando el primer mensaje llegó dirigido a Dante y no a mí, cuando el lenguaje cambió de destinatario y el sistema decidió probar otra estrategia, más fina, más personal. No era un llamado colectivo ni una propuesta ambigua. Era una invitación directa, formulada con una precisión que revelaba estudio, observación, paciencia.
Dante no me lo mostró de inmediato. Lo supe