VERONA
No fue el grito. No fue la furia. Fue el silencio.
Ese silencio espeso, inhumano, que llenó la sala de mando cuando Dante dejó caer el vaso contra el suelo sin mirarlo siquiera. El cristal estalló como si hubiese querido gritar por él. Pero Dante no gritó. Solo permaneció de pie. Inmóvil. Como si su alma hubiera sido detenida en seco.
Yo estaba allí, apoyada contra la pared, cruzada de brazos, observándolo desde la sombra como suelo hacer cada vez que la tormenta comienza a gestarse en