DANTE
No quería mapas. No quería tácticas. Quise dinamita. Un disparo limpio entre los ojos de Castelli. Fuego sin testigos. Pero Verona se plantó frente a mí como si pudiera leer la tormenta que me rugía dentro. Sabía que, si me dejaban salir esa noche, alguien moriría antes del amanecer. No era una suposición. Era una certeza.
—No vas a moverte sin decirme adónde vas —dijo Verona, con voz baja, firme, sin espacio para evasivas.
Tenía la Colt negra en el cinturón, la misma que me había regalad