DANTE
Tres meses.
Noventa y tres días, para ser exactos.
Ese fue el tiempo que sobreviví sin su voz. Sin su olor. Sin sus malditos silencios que decían más que cualquier grito. Tres meses desde que la vi en esa pantalla, sentada junto a Ethan Castelli, mirándolo como si fuera su brújula. Como si yo nunca hubiera existido. Como si no me hubiera amado con la piel, con la furia, con la rabia de una mujer que prefería morir antes que rendirse.
Pero ahora estaba aquí. En Ginebra. Donde todo comenzó.