Santiago esbozó una sonrisa en su rostro. Cuando el coche se dirigía al estacionamiento subterráneo, de repente dijo:
—Detente.
Thiago, sorprendido, pensando que algo le pasaba a su herida, detuvo el coche inmediatamente y preguntó con preocupación.
—Don, ¿es la herida...?
—Estoy bien.
Respondió Santiago, su mirada aún fija en aquel lugar iluminado. Aunque decía estar bien, las gotas de sudor en su frente se hacían más evidentes. Thiago, siguiendo su mirada, se dio cuenta de que Santiago no quer