Por más que Josefa quiso liberarse de Blanca, no pudo, pues ella la tenía agarrada por el cabello, dándole jalones fuertes, hacia el estiércol fresco.
— ¡Suéltame! ¡Estás loca Blanca!— Gritaba Josefa asustada, pues nunca la había visto así de furiosa.
— Esto es, para que sigas diciendo que yo le coqueteo a Don Cheto.— Decía a voz alta, viéndola con desprecio, en tanto se guindaba más en su espalda.
De pronto, el chico que repartía los periódicos en el pueblo, iba pasando con su bicicleta y al v