**CAMILA**
El amanecer llega sin anunciarse, cubriéndolo todo con ese gris que parece morder los bordes del alma. La habitación del hospital se siente demasiado grande, demasiado vacía.
Estoy sentada en la cama, con la bata blanca arrugada y el cabello suelto cayendo sobre los hombros. Mis manos reposan sobre las sábanas, inertes, como si temieran romper algo más.
A mi lado, sobre la mesita, está la carta de Leonardo; su letra todavía me quema la memoria. Está doblada, como si cada pliegue inte