El edificio de oficinas se alzaba ante mí como un monolito de indiferencia, un gigante de acero y cristal que, durante años, había albergado las verdades más oscuras de mi existencia. Al cruzar el umbral, mis pasos resonaron con una pesadez que no reconocía como propia. Tenía la cabeza llena de jirones, recuerdos que se desvanecían al intentar asirlos y una ansiedad constante que me quemaba el pecho. Cuando entré en el despacho de James, el aire se volvió irrespirable.
Lo vi allí, sentado cerca