El motor del coche rugía con una elegancia contenida mientras atravesábamos las avenidas hacia el centro financiero. Yo repasaba unos estados financieros en la tableta, con la mente puesta en la fusión que definiría el próximo trimestre, cuando una sombra interrumpió mi lectura.
Charlotte —o quien yo creía que era Charlotte— se movió con una fluidez extraña. Dejó su asiento, deslizó sus piernas con una delicadeza depredadora y se acomodó, sin previo aviso, sobre mi regazo. No hubo dudas, ni la t