El vapor era espeso, casi demasiado espeso para ver a través de él. Jace se recostó contra el banco de azulejos, con las piernas estiradas y la toalla colgando a la altura de sus caderas. El calor arrancaba sudor de cada centímetro de su cuerpo, y su pecho subía de forma lenta y pesada con cada respiración.
Frente a él, Malik permanecía inmóvil.
Inmóvil como el demonio.
Sus hombros anchos brillaban bajo la tenue niebla, los músculos perlados de sudor, la toalla anudada a la cintura y una rodill