El amanecer en la mansión de los Vance no trajo luz, sino una claridad gris y metálica que se filtraba por los ventanales blindados de la suite principal, estirando las sombras sobre el suelo de mármol como dedos acusadores. Elara no había dormido; el silencio de la casa, roto solo por los pasos rítmicos y pesados de Martha en el pasillo, era una tortura más efectiva que cualquier grito. Estaba despojada de todo: de su orgullo, de su voluntad y, sobre todo, de su identidad. Para los muros de e