El rugido de las hélices del helicóptero sobre Sanctuary no era una invitación, era una orden de desalojo inmediata. Apenas unas horas después de que Dante le hubiera devuelto la vida a la fuerza, el aire de la suite todavía apestaba a la desesperación de Elara; una mezcla acre de químicos del lavado de estómago, sudor frío y ese miedo rancio que se queda impregnado en las paredes cuando la muerte ha sido rechazada por puro egoísmo.
Elara estaba sentada en el borde de la cama, una figura