El amanecer en la suite principal de la mansión Vance no trajo la calidez de la esperanza, sino la cruda exposición de una derrota. Elara abrió los ojos y lo primero que sintió fue el peso del silencio, un silencio denso que parecía vibrar con los ecos de la noche anterior. Intentó girarse sobre el colchón de seda, pero un latigazo de dolor agudo le recorrió la base de la columna, extendiéndose como fuego líquido por sus muslos y caderas.
Se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada, o