La casa estaba sumida en esa calma tensa que precede a las grandes decisiones. Amara finalmente dormía, estabilizada, pero el aire en la habitación todavía vibraba con el eco de la presencia de Dante. Elara se había dejado caer en el sofá de la estancia contigua, con la cabeza entre las manos. Ya no había batas blancas ni máscaras profesionales; solo quedaba una mujer agotada que sentía cómo su mundo, el que había construido con tanto cuidado en el exilio, se desmoronaba bajo el peso de la real