Alessandro se dirigió al salón principal tan ñronto como dejo a Daryel en la biblioteca.
Con una copa de brandy en la mano que, una de sus criadasle ofreció, sus ojos avellana observaron a Sofía Metaxis en la distancia.
La chica, con su inocencia a flor de piel, era una contradicción perfecta a la mujer que obsesionaba su existencia. Daryel era fuego y acero, altivez y desafío, una fortaleza inexpugnable. Sofía era maleable, asustada, un lienzo en blanco sobre el que podía pintar la fantasía