Daryel cruzó el umbral del despacho de Alessandro por segunda vez ese mismo día. El ardor persistente en su piel, oculto bajo la impecable tela de su sastre, actuaba como un recordatorio constante y punzante de su vulnerabilidad. El castigo físico del capo había sido humillantemente efectivo; había fracturado las líneas de su arrogancia ejecutiva y la había obligado a reevaluar las reglas de un juego donde ya no tenía el control.
Sin embargo, cada paso que daba sobre el suelo de madera noble n