A medida que los días pasaban, mi desesperación iba en aumento. El encierro no era un concepto que Daryel Metaxis supiera manejar. Mi vida entera había sido una sucesión de espacios abiertos y de fronteras internacionales que se movían a mi antojo. Desde la infancia, mi palabra había sido ley y mis caprichos, órdenes indiscutibles.
Sin embargo, ahora mi universo se había reducido a los límites de esta mansión; un palacio que, en su esencia, no era más que una prisión dorada. Las horas se arras