Dylan me observaba fijamente. Sus ojos café claro lucían casi traslúcidos a la luz de cada lámpara; brillaban de intensidad y agudeza. Su mandíbula perfectamente marcada y afeitada se contraía como si contara cada segundo que pasaba sin que yo le respondiera.
Mientras, el nudo en mi garganta no hacía más que apretarse. No era solamente culpa, vergüenza o miedo. Era todo junto.
¿Qué hacía? ¿Cómo respondía a su pregunta? Si ni yo misma entendía del todo por qué esa rabia tan incontrolable que sol