El otoño de 2054 llegó con una luz especial, como si la naturaleza quisiera anunciar que algo grande estaba por ocurrir.
Alina estaba en su octavo mes de embarazo, y su vientre era una esfera perfecta que todos admiraban con ternura. El pequeño Lukas, ahora con tres años, no se separaba de su madre y a menudo apoyaba la cabeza en su panza, escuchando.
—El bebé habla —decía—. Dice cosas.
—¿Qué dice? —preguntaba Lena, siempre interesada.
—No sé. Pero habla.
Lena sonreía, porque ella también oía a