El verano de 2049 fue bautizado por Erik como "el verano de los árboles".
Lena, con un año y medio, había desarrollado una conexión especial con el bosque que rodeaba la cabaña del fiordo. No era algo que pudiera explicarse con palabras. Era más bien una atracción magnética, una necesidad de estar entre los troncos, de tocar las cortezas, de escuchar el rumor de las hojas.
—Mira —decía, señalando un abedul—. Habla.
—¿Los árboles hablan? —preguntaba Erik, con curiosidad.
—Sí. No con palabras. Co