El invierno cedió paso a la primavera con la lentitud de quien sabe que no tiene prisa. El hielo del fiordo se quebró en abril, y los primeros pájaros regresaron llenando el aire con sus cantos desordenados. Lena y yo retomamos nuestras caminatas por la orilla, nuestras conversaciones junto al fuego, nuestra vida.
Pero algo había cambiado. No en el paisaje, sino en nosotros. Desde aquella travesía al otro lado del hielo, una certeza nos acompañaba: esto no era un final, sino un continuo. Un río