El verano llegó con una luz dorada que parecía bendecir cada rincón del fiordo.
Los días eran largos, cálidos, llenos de vida. Las golondrinas habían vuelto a anidar bajo el alero de la cabaña, y los abedoles mecían sus hojas al ritmo de una brisa suave que olía a mar y a montaña. Lena y yo habíamos alcanzado esa etapa de la vida en la que las palabras sobran y los silencios lo dicen todo.
La red seguía viva, pero había cambiado. Ya no era una organización de vigilancia, sino una familia disper