El helicóptero nos dejó en el borde del fiordo cuando el sol de medianoche pintaba el cielo de tonos imposibles. La cabaña nos esperaba, pequeña y cálida, con la chimenea humeando y las luces encendidas. Yuki y Anika salieron a recibirnos, seguidas de Ingrid y Mateo —que había llegado desde Chile mientras estábamos en el hielo—. Todos se quedaron mirándonos, buscando en nuestros rostros las señales de lo que habíamos visto.
—¿Qué pasó? —preguntó Yuki, ansiosa.
—Pasó todo —respondió Lena—. Y nad