PUNTO DE VISTA DE KIRA
La cámara no era nuestra. En la prisa caótica pero deliberada por abandonar la Ciudadela, habíamos requisado una estancia pequeña y segura en el ala occidental más antigua y silenciosa: un espacio que pertenecía a un noble menor, ahora deshabitado. Era austera en comparación con las suites reales, pero sus muros eran gruesos, su puerta de roble reforzada con hierro, y tenía un hogar que tiraba bien. Por ahora, eso era todo lo que importaba. Era una cueva. Una guarida. Un lugar donde lamer las heridas.
Me senté en un taburete bajo, junto al fuego, envuelta en una pesada manta de lana, contemplando las llamas como si pudieran quemar el último resto del frío que se me había infiltrado en el alma en aquel claro. El recuerdo del Lobo Anciano ya no era una presencia que me acechara; era un hecho. Me había enfrentado a él. Lo había reclamado como mío y luego había rechazado su corona. Pero sobrevivir tenía un precio, y la moneda era la verdad. El ritual me había dejado