La mañana amaneció fría, con un suave viento que movía las hojas de los árboles y arrastraba las hojas que habían en las aceras.
Leonor se preparaba en silencio, colocándose el abrigo mientras miraba los árboles por la venta.
Estaba en completo silencio, no por falta de palabras, sino porque cada una que pensaba se le atoraba en la garganta. Era un sabor agridulce imaginar que, tal vez, la madre de Gabriel fuera a retractarse o arrepentirse de quitar la demanda.
Miraba a Clara inocente donde