La mañana amaneció fría, con un suave viento que movía las hojas de los árboles y arrastraba las hojas que habían en las aceras.
Leonor se preparaba en silencio, colocándose el abrigo mientras miraba los árboles por la venta.
Estaba en completo silencio, no por falta de palabras, sino porque cada una que pensaba se le atoraba en la garganta. Era un sabor agridulce imaginar que, tal vez, la madre de Gabriel fuera a retractarse o arrepentirse de quitar la demanda.
Miraba a Clara inocente donde estaba sentada esperando para que la peinara, y sentía su corazón quebrarse. Ambas se necesitaban.
Se vistió con lo primero que encontró, peinó a Clara con una delicadeza exagerada como si con cada gesto quisiera sanar lo que el miedo de ayer le había dejado y respiró hondo antes de bajar las escaleras hacia la sala.
Gabriel ya estaba ahí esperandolas de pie. Vestía el traje que usaba para casos importantes, que solo la gran élite usaba.
Se miraba firme. Una postura rígida de alguien que esta