Leonor se quedó sentada en la misma silla después de que la doctora se marchó. Sus padres hablaban en voz baja entre ellos, intentando darle espacio, pero aun así mirándola cada par de minutos, como si temieran que en cualquier instante volviera a derrumbarse y honestamente, las probabilidades eran altas.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y dejó caer la cara entre las manos. Sentía la piel tirante, los ojos ardidos, el cuerpo vacío. Exhausta. Como si en las últimas