Después de que Clara concilió el sueño, Leonor permaneció a su lado, observando cómo el pequeño pecho de su hija subía y bajaba con un ritmo pausado y casi hipnótico. La fiebre le había dejado un rubor en las mejillas, pero por ahora parecía estable. El silencio de la casa era casi absoluto, roto únicamente por el sonido de la respiración de Clara y, de vez en cuando, por un ligero crujido de la madera bajo sus pies.
Tomás se sentó junto a Leonor, con la mirada tranquila pero alerta, como si p