Desconocido
Los mismos dos hombres de siempre abrieron la puerta, revisaron mi cuerpo de cabeza a pies y cuando notaron que no llevaba ningún arma me permitieron continuar mi camino. Las botas resonaban por el suelo mientras me adentraba en el frío pasillo. Varios de los guardias iban de salida y me observaban como siempre: con desconfianza.
No los culpaba, yo tampoco confiaría en mi. ¿Qué podía esperarse de un traidor?
Finalmente llegué a la última puerta y nuevamente otros dos idiotas volvier