Al día siguiente, Amara llega al edificio de Laveau Industries con el cuerpo cansado pero la mente peligrosamente despierta, como si la noche anterior no hubiera sido suficiente para procesar todo lo que se dijo, todo lo que se rompió y todo lo que, de manera frágil y casi temeraria, volvió a prometerse. El mármol pulido del hall refleja su silueta mientras avanza con paso firme, vestida de negro, el cabello recogido con una prolijidad que intenta imponer orden allí donde todavía hay caos, y aunque desde afuera parece la mujer segura que siempre fue, por dentro cada pensamiento late con una intensidad incómoda, recordándole que nada volvió a su lugar y que, quizá, nunca lo haga de la misma forma.
Los empleados la saludan con respeto, algunos con cautela, otros con una curiosidad mal disimulada que ella percibe sin necesidad de mirarlos directamente, porque sabe que su nombre sigue circulando en los medios, que los rumores no se han apagado y que su imagen pública está todavía bajo la