La palabra cae como un golpe seco. Divorcio. Amara siente que el suelo desaparece bajo sus pies, que el aire se le escapa de los pulmones y que todo lo que había logrado sostener con esfuerzo –la compostura, la dignidad, la falsa calma– se desmorona de una sola vez. Un sollozo le nace en el pecho, violento, incontrolable, y antes de que pueda detenerse, las lágrimas comienzan a correrle por el rostro.
Niega con la cabeza, una y otra vez, como si el simple gesto pudiera borrar lo que acaba de escuchar, como si negar fuera suficiente para cambiar la realidad.
–No… –susurra primero, y luego la voz se le quiebra por completo. – Liam, no… por favor…
Da un paso hacia él, luego otro, y cuando finalmente lo alcanza, se aferra a su cuerpo con desesperación, rodeándolo con los brazos, hundiendo el rostro contra su pecho como si ese abrazo fuera la única forma de no caerse en pedazos. Llora sin vergüenza, sin control, con un llanto profundo, antiguo, que no nace solo de ese momento sino de todos