Una vez dentro, Aislyn se mueve con la misma fluidez que siempre, como si la cocina fuera su refugio, su pequeño santuario. Con manos seguras, comienza a preparar un café, el sonido del agua hirviendo y el aroma del café recién hecho llenando el espacio, pero sus ojos nunca dejan de observarlo. Cada gesto suyo parece estar calculado, como si estuviera tratando de descifrar lo que Liam no se atreve a decir en voz alta.
Liam, sin embargo, se mantiene inmóvil, sentado en la esquina más alejada