El amanecer cae sobre la ciudad con un manto de neblina grisácea, como si hasta el cielo supiera que ese día no podía traer calma. Nada reluce, nada canta: es un día suspendido entre la promesa y el presagio.
En la mansión, la preparación para la boda se siente más como un operativo de guerra que como la antesala de un juramento de amor. Guardias recorren pasillos con pasos marciales, sus botas retumban sobre el mármol como tambores de campaña. Las radios crepitan con códigos de seguridad; voc