El reloj marca las 18:36. Amara ya no camina, no tiembla, ahora respira con fuerza, como si el alma hubiera encajado en su lugar con un único objetivo: salir. Afuera, en el pasillo, sabe que Kate la espera, fingiendo normalidad, con esa sonrisa gélida que esconde cuchillas. Su presencia es una amenaza latente, una bomba de relojería.
–Tenemos un problema –dice Sophie, acercándose a la puerta y espiando con disimulo a través de la mirilla. –Kate está justo ahí. Conversa con su compañero de seg