Amara asiente, con los labios apretados, apoya un pie en la baranda oxidada, comienza a descender por la angosta escalera metálica que serpentea por la parte trasera del edificio. Cada peldaño cruje bajo su peso, como si protestara por ser testigo de una fuga tan cargada de destino. El metal está frío, cortante. El vestido se engancha en las esquinas rugosas. El viento se arremolina en su cabello desordenado.
Y el cielo, allá arriba, se tiñe de un rojo violento. Un rojo que podría anunciar el