Al llegar a la oficina, Amara no saluda a nadie. Apenas cruza el umbral, camina con pasos firmes, casi mecánicos, hacia su despacho y cierra la puerta de un golpe seco y se queda de pie, inmóvil, respirando agitadamente como si hubiera corrido una maratón emocional.
Se deja caer sobre la silla giratoria de cuero negro y fija la mirada en la pantalla de su ordenador. Tiene correos urgentes, informes sin revisar, decisiones que tomar… pero no puede. No puede pensar en otra cosa más que en las